ALGO SOBRE MI TAZA [KINTSUGI PA POBRES]

Prefacio a Kinsugi pa pobres:

Mi taza favorita de todos los tiempos estuvo mal desde su génesis, lo supe después de adquirirla. Al poco tiempo de su uso comenzó a desgastarse de manera sorprendente y en determinado momento se cuarteó de tal forma que su contenido se derramaba por una grieta que amenazaba toda su integridad: dejé de usarla por completo.

Comprendí que todo lo que me gusta está roto desde su centro: mis botas, mis piedras favoritas y aquella vieja enciclopedia de Time-Life que lleva centurias amenazando con deshojarse.

He crecido y conmigo crecen mis propias grietas y en el intrincado proceso de aprender a ser arqueólogo para volverme docente he aprendido a resanar algunas grietas, en los muros de las paredes que pinto, en mis nuevas botas [que no son mis favoritas, pero se parecen] y, recientemente en artefactos de barro que, con mucho cuidado he intentado rearmar y resanar.

Mi taza favorita es de barro y hoy, por fin, ha secado el resanador y he encontrado un tono de café que disfraza medianamente la reparación. He sonreído.

Más también comprendo que resanar una pared, un artefacto de cerámica, bolear unos zapatos, sólo disfraza el derrumbe interno que las cosas sufren desde su creación, como nosotros mismos.

Comprendí que la hechura de mi taza es el problema y yo, como hacedor de tazas, debí saberlo desde antes, mas la epifanía es una niña caprichosa que se esconde entre los matorrales de la obviedad.

Mi taza es como uno de esos antiguos juegos chinos de té: deben permanecer húmedos por la fricción del brebaje de manera diaria, [aún incluso cuando el corazón no tiene ganas de beber].

Por lo que decidí aplicarle a mi taza, de hoy en diario, un bañito con baba de nopal para que permanezca humectada y firme, lustrosa, brillante, aunque su constitución se parezca a la mía y por dentro, seamos un mazapán.

Kintsugi pa pobres [Parte 1]:

El kintsugi es una técnica japonesa para reparar objetos de cerámica utilizando resina mezclada con polvo de oro, plata o platino. De hecho la traducción literal es «carpintería en oro» o una mamada así.

Si usted busca en internet encontrará cosas muy bellas, tanto que más que una técnica de reparación, es más bien una técnica estética.

Mas no sé. Últimamente se lee en blogs de DIY que incluso funciona como terapia de aceptación: la técnica del kintsugi, contraria a la restauración o reparación occidental, no pretende cubrir las grietas de un recipiente por completo y matizarlas para que nadie se de color [como cuando párvulos, rompíamos los jarrones de la jefa y había que pegarlos para que no se diera cuenta], no, el kintsugi resalta las grietas [digo, si son de oro, a güevo que se notan], y de ahí se valen estos blogs para decir que, sicológicamente nos ayudan a aceptar las cicatrices que tenemos, pues dan cuenta de nuestras historias de vida y/o tropiezos.

No es cierto pero suena bien, hacer una asociación directa con nuestra taza favorita, por ejemplo, y en caso de que necesite ser reparada, pues obviamente repararla nosotros mismos y en el proceso [igual de asociación], repararnos a nosotros mismos, pero destacando esas cicatrices que nos han llevado a ser lo que somos, en lugar de matizarnos y ponernos filtros.

Digo que no es cierto, porque es obvio que en el Japón del siglo XV el shogūn no se ponía a reparar ni madres, y si obviamos el hecho de que las reparaciones se hacían con metales preciosos, bueno pues, los que podían pagar el kintsugi, eran personas mamonas que no se iban a poner a resanar ni madres.

En fin. Tecno-mamemos la idea de que es chido sanar haciendo algo [como terapia ocupacional], y dándonos cuenta que no podremos resanar nada con oro, pues intentémoslo con otros elementos más parecidos a nosotros [por aquello de la asociación sicológica].

Kintsugi pa pobres [Parte 2]:

Soy nuevo en muchas cosas que me gustan y a veces, aunque sé que ya he experimentado algunas cosas siempre termino dándome cuenta que sigo siendo un toyaco.

La reparación de cerámica no es algo diferente, la hago para conocer mis alcances y para forzarme a ver otras estéticas, sí, otras estéticas.

El kintsugi original deja la marca de la cicatriz ‘viva’, claro, enmarcada en oro, como diciendo «mira, se me quebró la pinche olla de la abuela pero la reparé con oro».

Yo no sé siquiera si tendré lo suficiente como para seguir teniendo algún líquido caliente que disfrutar en alguna de estas tazas.

Luego entonces sí, el kintsugi pa pobres [pa los que no tenemos feria pa comprar otras tazas y menos aún para repararlas con oro], es buscar otras alternativas para efectuar una reparación —en este caso, una reparación para que el objeto recobre su función, no sólo para que se vea bonita.

Me he obligado no sólo a dejar la cicatriz ‘viva’, sino a dejar la evidencia en alto contraste; como si de restauración arqueológica se tratase.

Esto supone un problema grave que atrae mi ansiedad: me desespera ver un color que desentona diametralmente, mi gusto me lo prohíbe, de tal suerte que este ejercicio no sólo me sirve para, en la más pura semiósfera tecnochamánica, asociar sicológicamente está reparación a mi propia resiliencia, sino también para obligar a mis ojos a considerar otras estéticas en mi vajilla, al menos.

Kintsugi para pobres puede echar mano de otras cosas más puras, más vernáculas, como utilizar polvo de arroz y baba de nopal para resanar las grietas, buscar información, experimentar, pero ante todo hacerlo uno mismo, con sus propios recursos pues al final de cuentas es lo que debemos hacer también con nuestra puta y jodida vida.

Apostillas a Kintsugi pa pobres [Mi taza]:

Mi taza es mía y de nadie más
me la he construido como he querido,
tiene acaso el borde despostillado
y alguna grieta en el cuerpo que no he querido arreglar.

Mi taza es mía, la he decidido así
así me la he buscado y sólo tengo una.

Cuando por ventura descubro que alguien ha usado mi taza,
que alguien ha jugado con ella,
me deprimo y me consumo en soledad,
ese día decido no beber café ni chocolate.

Mi taza es mía, sólo mía, tan mía
que la llevo a todas partes.
No soporto la sola idea de no tomar de ella lo que quiera,
de no sentirla a cada instante parte de mí.

La he llevado a fiestas y oficinas,
a banquetes y tertulias bohemias;
la enrollo con cuidado en varios trapos de mi agrado
y la meto en el corazón de la maleta
cuando el bosque apremia y debo dejar la sociedad.

Mi taza es mía y ha caminado conmigo,
ha crecido conmigo,
se ha quebrado conmigo tantas veces,
y ha soportado conmigo
el frío y el calor extremos.
Y aunque no lo tiene inscrito,
yo sé que lleva mi nombre en toda su estructura.

Y así, como mi taza, es mi vida:
Mi vida es mía y de nadie más.

F.

Balar

De súbito la vida misma es una gran sala de espera,
un atado de cañas y flechas

En los ojos se hacen surcos dónde germina la expectación.
Lo antes asombroso se va encareciendo y ya nada osa maravillarnos

Vamos enterrando la mirada en un espejo luminoso
como si de los clavos del cristo se tratase

En el centro del laberinto de Minos
hay que pararse frente a la estufa eléctrica
a mirar con ahínco la mancha que está detrás;
en esa mucosa inmarcesible está el mandato del dios

Sus 700 ojos apuntalándonos

Hay que concentrarse en el balar de la voltáica resistencia
a punto de soltar burbujas en el agua rancia de los días

No, ni se te ocurra ir a revisar.
Tienes los calcetines rotos y el piso está mojado

Hay que estar podrido pero, ante todo, amar la vida

Ohm!

Abrazarse a ella
como si importará sentarse en medio de la fiesta a lloriquear

Ohm!

Que pasara alguien encima tuyo a sacudirse la mierda de los zapatos,
para al menos incomodar

Más te vale decir que no te importa,
que estás en tu mundo,
que te vale madre,
que el mundo entero puede irse enteramente a la chingada

Que puedes soportar eso y más,
que no son suficientes todas las estufas eléctricas del mundo,
ni las marcas profundas del hollín más puro

Hay que armarse de coraje y agigantarse de pie
en la entrada del baño,
con el piso mojado y los calcetines rotos,
para silenciar a la rabiosa resistencia y
desde tu arrebolado ego mirar más arriba,
directo a los ojos del dios y escucharle condenarte:
estás totalmente solo

F.

El sol en las manos

Ya voy viendo cómo mi patio se convierte en izotal
y a la luz tenue de las tardes se encanecen mis consignas antes niñas
ya voy viendo cómo sitia el éxito mi descanso al llegar el ocaso
cómo se yergue en la antesala a ventear la humedad de mis paredes
cómo adivina, sigiloso el hábitat y pega media vuelta para morir en el intento

Ya mi suerte está echada como perro
apestando como perro y asustando a todos como perro
Ya me va borrando la sonrisa, ya me está asfixiando la alegría
ya mi suerte es el cadáver del entierro
el que hay que tapar lo más pronto posible
al que le tienen que echar cal
porque es eso, tiendo a apestar,
esa es mi suerte, como la del perro, apestar y ya.

Más me despierto, terco a la mañana siguiente
me calzo y me enredo el cabello
me ciño, oh patria, mis sienes de oliva,
y salgo a hacerle al pendejo otro día más.
Aún me encumbro a las alturas
a coyotearle suspiros a tu luna
y esperar que asciendan en tremenda espiral
y que dos o tres palabras endulcen tu camino

Y me despierta tu sonrisa de 20 sierpes
a la senda de regreso, a traspié de la montaña,
vuelto mortaja fúnebre, rodando como maraña,
fijo en el horizonte el ojo miope y los lentes empañados
y los dientes chuecos, y el dolor de los años de los pies
y las rodillas combas y el cuajo caído

Ya me tienes reventado ¿Qué más quieres?
¿Pasar echándome miados?
Hasta mi muerte ya está echada,
por eso se tarda tanto en llegar.

Ya me voy sentando debajo del alero de la casa
esquivando los bajantes pues de lo alto se adivina
una avalancha de mierda de los perros del vecino
y yo sin alma
guardaba un par de disparos que resultaron ser de salva
dos balas de pintura con las cuales sentirme menos miserable
un manual de aves en las manos
y las ganas de recordar el cielo
los astros, el vuelo.

Recordar que las estrellas son un sol que se nos cayó de las manos.

F.

Lodo

«Soy la lata de chipotles abierta con los chiles hechos piedra»
Luciana Arenas

Todo cuanto pude contar de mí se ha dicho ya
aparecí ataviado de amapolas en invierno
y di por hecha mi existencia el día de mi entierro

Este sonar de alarmas en la madrugada
estos ecos de las abismales fosas
y este inútil botón de apagar o posponer

Este ‘deja para mañana lo que puedas hacer hoy’
y pisotear el asfalto sin fraguar de la calle donde voy

¡Yo qué sé, nací de nalgas
o con el cordón prendado al cuello!
vaticinándome la puta corbata de office boy
o el mal medido traje sastre de predicador,
oficios ambos de los que fui echado
incluso antes de hacer solicitud

No miento cuando os digo
que cuando Dios repartió los dones
yo no puse el despertador

Y así me fui volviendo lento
quedando atrás pa’ no correr mucho
mallugándome antes de madurar
como quien se avienta al vuelo
sin aprender a caminar
y se abalanza sobre el encarpetado
a suelo raso como papalote despachado

Así me fui volviendo menos
alguien menos en quien confiar
alguien menos a quien contratar
o tan siquiera considerar
¡Va, no hay pedo, me contrato yo solito!
pero mañana o tal vez pasado…
o postrado a horcajadas a la siniestra del camino
miro y me deprimo porque ya es tarde para el ahora
porque lo único puntual es la demora

Entonces miro al cielo y ya soy roca
mis dedos roca mis manos roca
y con tectónica mirada entierro
mi rostro adusto hasta el subsuelo

¡Oh, señal! Tú eres mi consuelo
Tuyo es el reino telúrico
tuyo el dolor y el cimiento
el azufre y el arsénico

Tengo una lágrima petrificada en el plexo
una estrella de ámbar que gigante blanca
enana roja supernova y agujero negro
centella solitaria abre en el pecho una zanja

Así me voy volviendo loco
y me encierro en las mañanas a sobarme los retrasos
y regodearme en los recuerdos de eventos nunca realizados
¡No mames, si hubiera hecho esta madre o aquella!
¡Si el fuego de esta sardónice encendiera!

Así me voy volviendo lodo
—tierra pasada apoxcaguada—
y entonces es cuando suspiro y aspiro
a ser de nuevo roca o coprolito
pero sólo soy lodo. Ni modo.

F.

* Publicada originalmente el 27 de septiembre de 2019
* P.D. La ilustración no es mía, no me ha dado tiempo hacerle una

 

Fusible

The_cosmic_rose

Hay cierto encanto en sentarse a media penumbra
y ver cómo el humo se apelmaza sobre las cosas olvidadas,
sobre los escombros de una vida, aunque esa vida sea la nuestra.

Esta hora eterna, salvaje y a la vez inerte en la que el día mengua
sobre la fina lluvia que queda tras la tormenta.

Mirar a través del manto inequívoco de que no parará de llover
y escuchar afuera el murmullo de la gente que se opone
a la sólida penumbra de la noche;
ese recuerdo de que nada, ni la bombilla incandescente,
los puede librar de las desconocidas miradas que la noche oculta.

Saberse rudamente mediocre
es aceptar que los milenios no han pasado
y apenas el humo es dueño silente de nuestra debilidad,
apoderándose de todo, cobijando con sus adivinadas manos
nuestras vidas olvidadas a merced del trueno, del rayo, de la tempestad.

Deslizar nuestra tibia mirada
en el rostro temeroso y cruel de nuestra casa,
de nuestras familias,
del gato que alguna vez amamos
y alimentamos más que a nuestros temores íntimos.

Voltear a olerlos por última vez
y aceptar nuestra rendición con los brazos lánguidos
mientras el día se apaga y adentro,
poco a poco, todo lo material se incendia
con ese tono rojizo, repentino y súbitamente reconfortante.

Nuestra humanidad es apenas
una lengua de fuego que se extingue
dejándonos sin otra cosa
que una total intemperie entre las manos.

F.

Marte retrógrado

retrógrado

«Quizás fueron las ruinas que dejé detrás
por eso no le temo al fuego pero sí a las cenizas…
Cómo son los huevos de oro que he de poner
para que te enteres que me tienes en estéreo y
bien soné, yo solo quiero estar sin protestar, sin molestar.»

Doble V.

El problema no es lo que sucede en la realidad porque en realidad lo que sucede es inasequible para nosotros, somos entidades muy pequeñas para abrazar con aristócrata displicencia el resuello del océano, por ejemplo; el problema está en cómo observamos la realidad.

Yo no sé de disfunciones cromáticas porque las tengo todas y no tengo punto de comparación para distinguirlas, desde que nací veo las cosas en bicromía con alto contraste: el negro, para mí es negrísimo y el blanco se acerca por mucho al color del descanso, no puedo entonces confiar en que mi vida se rija por el ying o por el yang porque ambos forman parte del menú de la fonda en donde como diariamente.

Tú vienes aquí frente a mí y escupes una plasta de tonalidades que aseguras está conformada por abigarradas relaciones de colores que desconozco pero yo, así, con mi ecuménica fragilidad no puedo distinguir en ella ni siquiera una escala de grises; en ese tono soy así y me escapo y esquivo de la gama polícroma del mundo: en mi pantalla sólo observo la estática con su eterno zumbido y descubro en esos vectores maltrechos la cordial danza de comensales de la cadena alimenticia de la vida: el negro devora al blanco y este, asqueado, caga o vomita un kilómetro de aquellos dos que iniciaron el dúo dicotómico.

Yo no veo mosaicos multicolores de diversidad humana, para mí sólo hay malos y buenos y en esas inconvenientes relaciones de compadrazgos efímeros se construye la voracidad de un mundo que es estómago tumefacto, contorsionado por las ámpulas de su hambre, deformado por los espasmos de su interminable, inagotable búsqueda del placer.

En la composición del conocimiento, de mí conocimiento, que es válido para mí únicamente, lo tengo todo claro; y en la vida [en mi puta vida] y en el camino, todo me es franco y diverso como si de unos trazos de tinta china sobre papel se tratase; no así en la escarpada senda del amor. ¡El amor diosanto! ¿En qué momento el desatino del destino trazó ese obstáculo insalvable y multiforme en mi vereda?

Es para mí, un código infranqueable, insondable e insolente que levanta su cortina de hierro para que mis palabras no penetren en él. Debe provenir de un vocablo antiguo al mundo este que es un burdel de afrodisíacos manjares y si no es de Afrodita o Venus de donde viene, debe ser de Marte o de Thánatos.

Sólo un universo desnudo como yermo incandescente pudo haber parido un monstruo tan sublime y bello que carece de moral, de ethos y avasalla lo mismo en el centro del bacanal como fuera de él.

El amor mío es amoral; como un niño que se orina en los pantalones o como un ebrio que desconoce el rumbo del mingitorio. Sólo se escupe, se tira en el piso y se desangra como si la muerte no existiera porque para él morir o regresar a la matria es la misma pendejada.

Te repito, el problema no es lo que sucede cuando amo —mejor, cuando te amo—; el problema es que en realidad lo hago y en tu forma —tan venusina— de ver mi mundo todo lo mío es guerra sin cuartel, átomos colisionando o fisión de galaxias; busco tanto la muerte como te busco a ti y mi bicromía es, a los ojos tuyos, a esos dos espantables, irrecuperables ojos tuyos, un animal con las fauces abiertas.

Sí, en ese modo sí; comulgo más con la idea de los indígenas mesoamericanos de devorar corazones que con la pedante fórmula europea de sublimarlos en poesía o pintura aunque el sentido simbólico sea el mismo.

¿Cómo escribirte con la lengua o pintarte con los dientes? No lo sé, dímelo tú, ya lo he hecho.

¿Qué se siente ser la única gota de pintura en suspensión que puede ver alguien que nació con la visión de un mimo? Porque, te lo he dicho ya, no soy poeta ni payaso, soy un mimo porque me proyecto como lo que veo.

Amo y odio porque para mí no hay medias tintas y quizá por eso no he podido ni podré nunca encontrar al puto Wally en los libritos esos que, ante mis ojos sólo son reproducciones baratas del jardín de las delicias que Hieronymus Bosch inmortalizó con sus pinceles.

Si yo, así, pequeñito y a rayas blancas y negras y sin palabras bellas para tu hipotálamo o tu cerebelo, alguna vez te hablo de colores es porque sé a qué huele el rojo [o aquél al que todos llaman rojo y es el color de mi padre]; es porque sé cómo se comporta aquél al que todos llaman amarillo [y es el color del pendejo Piolín con el que alguna vez me comparaste, por malhecho y feo y desproporcionado y cabezón y odioso]; es porque sé cómo se siente el morado y su santa agonía.

Provengo de una estirpe de lagartos antiquísimos que tienen escamas en vez de piel, garras en vez de manos y aún así, en el recato de mi riachuelo original me vestí de seda para tocar tus párpados y besar tus labios en la mediocridad de esta vida interdicta, me arranqué las 16 escamas del músculo cardíaco y con mis dedos alargados, recién lavados y pulidos te obsequié mi corazón ensangrentado para que mojaras tu brocha, así, en el sentido arrabalero del coloquial barrio, del germinal barro.

Pero comprende que no tengo más luz que mi color blanco y más seguridad que mi color negro; yo no puedo matizar mis palabras para no rasgar el pulcro velamen de los dioses, yo los insulto si creo que bien merecido se lo tienen y los arropo con denuedo cuando los veo desmembrados llorando con sus 400 hermanos en las faldas del mítico cerro.

Recientemente he formulado una hipótesis acerca de mi entramado atuendo: Las franjas blancas son la luz que entra por las rendijas de mi mundo y las negras la oposición en claroscuro resultantes del mismo proceso, entonces, mi mundo debe ser un guacal de madera de alguna verdulería del mercado proletario. Tiene sentido cuando descubres la cuadratura de mis formas de ser, de hacer, de pensar, de amar.

No es que quiera cambiarlo ni mucho menos pero te cuento la manera tan pecueliar en la que observo esto a quienes otros han visto como una galleta enmohecida sostenida por elefantes sostenidos por una tortuga gigante o como cuadrilátero cósmico flotando sobre el anafre de la señora de los elotes asados. Te cuento para que te rías y me llames idiotita o pendejito y con tu sonrisa de insomnio maquinal me agarres de las greñas y me des un puto beso porque, como tú sí puedes verlo, sólo brotan colores de mí cuando me demuestras ese amor cálido que tienes en el plexo solar.

Tal pareciera que a mí me cagó mi padre Marte para amarte; tal pareciera que me cagó cuando estaba en modalidad retrógrado y entonces todo se vino abajo, literal. Nací con una estrella poco luminosa pero sincera, con un aura manchada pero humana y con una forma poco agraciada, como la de Sartre pero sin ganas de leer o trascender; hasta que toqué a la ventana de tus ojos y saliste y me viste de colores, opacos pero de colores, y entonces supe que mi retrógrada enfermedad se alivia con tecito de caléndula en lugar de botellas de whisky; y vi que había hecho todo mal y vi también que puedo salir del guacal y manchar mi traje de colores mientras pinto desde afuera mi alma, porque sé ciertamente, sin temor a equivocarme —como si hubiera rozado en aquel instante la inasequible realidad y hubiera sublimado mi espíritu y mi lenguaje a la zona limítrofe de la primeridad, al horizonte de sucesos del universo entero, como si hubiera tocado la eternidad en el instante en que nuestras pupilas se alinearon y se hicieron uno con el sino, como si hubiera mordido la carne del dios y abierto todos los canales de mi entendimiento— a qué huele el color rojo y cómo se comporta el amarillo y he sentido la santidad del morado.

Más no puedo hacer, más no puedo ofrecer.

F.

* Publicada originalmente el 4 de octubre de 2012

Ceres

Ceres
Ceres

He caído lentamente en este pozo,
sí, esto debe ser un pozo.
Una albacea horizontal de gelatina negra, fría y densa;
movido por el oscuro impulso de mi historia
y el desconocimiento entero que tengo de ella
vengo a ti, guiado a través de la distancia
—de todos estos años luz—
únicamente por esa tierna voz femenina de mi infancia.

Puedo verte ahora, de frente,
en medio de las sombras y esta red esférica,
sí, debe ser esférica esta red de neutrinos
atrapados en la voracidad del hombre
y la inocente osadía por poblar las estrellas.

Me he internado en el líquido útero artificial
socavado en esta roca a la deriva,
comienzo a comprender este impulso primordial,
madre, estoy aquí frente a ti,
dentro de este traje de kevlar
ondulando tu recuerdo obviamente falso
tatuado en mi memoria residual.

Esa voz tuya,
decididamente virtual,
este goce de saber que pronto nuestra historia
tendrá existencia más allá de lo evidente.
Eones adelante.

He mascullado cada bit apagado delante de mí
y un cónclave de satélites solapa mi entraña
con una luz que hace caso omiso de mi afrenta:
vengo a ti con las manos desnudas,
justificándome a mí y a mis 4000 hermanos.

Hoy, soy la suma de todas las probabilidades
y el resultado unívoco de ese cálculo matemático tuyo,
esa mente de 5000 núcleos
que los ingenieros tendieron a tu alcance.

En este arroyo de aguas frías
vi la luz de los mundos conquistados,
recordé mediante el conocimiento silencioso
la voz amada de la mujer que creaste para mí:
recuerdos de Ilo,
de sus cabellos color cobre
y su piel de neopreno.

¡Es tu voz, ahora lo sé!
¡Es tu recuerdo y no el mío!
¡Lo que decidiste para mí
y mis 4000 hermanos regados por todas las galaxias!

Mas nada, ni el ligero coro de neutrinos atrapados
que recuerdan a Stravinsky y su danza del sacrificio,
pueden ya revertirme de este ciclo,
todo ha caído ya en su momento justo
y justa es la causa que me encausa,
¡El destino es un doblez en el espacio!
Un atajo a esta posición aventajada
a este bucle inflamado de verdad:
Madre, ahora sé quién soy.

Esto debe ser una cisterna,
sí, el líquido útero de una roca sideral
donde vimos la luz los que no tuvimos nombre
y entre ellos yo: Humano en serie número 3258.
Otro experimento fallido,
sangre de Orestes, afrenta estelar de las Erinias.

Madre, he venido a apagarte.

Blastocisto

Blastocisto

Tal vez no es más difícil matarse uno mismo
que vivir para sí mismo.

André Malraux

Sin duda alguna, una de las cosas que más me devastan es estar enfermo de las vías respiratorias cuando en el ambiente impera una atmósfera más bien costeña, cuando el sol está en todo lo alto y pica y embriaga a las palmeras y esas pendejadas; me derrota al grado de la búsqueda primordial por dejar de existir, tener que caminar a mediodía, por ejemplo, entre los vehículos, en medio del arroyo vehicular, en la plaza, en el parque, vaya, salir a caminar o lo peor, tener que salir a caminar bajo este sol asesino y estar anegado en flemas, mocos, fiebre, cuerpo cortado y dolor de cabeza.

Mi vida entera ha sido como estar hasta la coronilla de gripe todo el tiempo y como si ese sol, se negara a saltar de alcoba en alcoba, como si se hubiese posado sobre mi mollera y hubiera dicho, de aquí soy, de acá no me muevo. Hagan de cuenta que la sangre de los dioses se acabó hace centurias y al sol le dio por no volverse a mover como burro asoleado. Quizá sea eso: El sol se asoleó.

El problema es que decidió hacerlo justo en el momento en que a esta reencarnación de lo que yo soy, se le ocurrió nacer como un blastocisto de gripe y flemas, como una mórula de gargajos ensangrentados sin tiempo a formular siquiera medio pie para quitarse a la sombra.

Lo he pensado sesudamente estos días, mientras todos antelaron una fiesta garrafal, con putas y humo, drogas duras y alcohol del malo —lo sé, he criado fama y me eché a dormir (debajo del sol de mediodía)—, yo decidí tomar tiempo de calidad conmigo, valer pito en soledad, planear últimos viajes, acariciar la montaña con el recuerdo y llorar denso y tupido por lo estúpido que resulta mi plan, el plan que nunca llega; porque sí, les decía, lo he pensado y no, no somos ese huevo de luz tan precioso del que nos convenció Castaneda, ni un círculo concatenado a los demás como cortado por la mismísima navaja de Okham; somos, o al menos estoy convencido de que yo lo soy, un conglomerado de ámpulas —más parecido a un tumor maligno o un escupitajo de gato tísico— que, si se ven a detalle, tras el gran microscopio del autoconocimiento, son perfectos y bien vestidos bucles de acontecer encadenados unos a otros.

Déjenme les explico: Una pequeña pústula, similar a una verruga, contiene la información para hacer eviternamente todo lo que acontece en el momento de despertar, está ahí, mordiéndose la cola como sabañón-ouroboro hasta que es momento de pasar a la pústula contigua, la que rige el momento de mear, de tallarse los ojos, de acordarse de respirar y así hasta que ese conglomerado amorfo se adhiere a la pústula más grande que conforma la mañana, esta a su vez, se encadena a la del medio día —la del sol hijo de puta—, y esta con la de la tarde y la noche para conformar el primer gran escupitajo de nuestra vida: un día completo.

A su vez los días guardan eternas similitudes entre ellos que, de vez en cuando se ven asediadas por inconvenientes externos —como morir, parir, matar a alguien, enterarse de Nietzsche murió loco, etc.— Sobre este planteamiento y, salvo aquellos distractores externos, nuestra puta vida es un bucle sencillo, conformado de pústulas amorfas, desvaídas y sin aparente intención alguna; siempre es así, siempre regresa a ser así, de tal suerte que varios días conglomerados forman una semana sin mayor variación que los días dedicados consagradamente al camino del vicio —los fines de semana. Y quienes han caído en la cuenta de esta impronta, aún sin saberlo [por aquello del conocimiento silencioso], han corroborado que las semanas son idénticas unas a otras, que una de ellas es más relajada y la otra es totalmente salvaje, completando otro bucle más grande, quizá el más miserable de todos, amén de la existencia: me refiero a la quincena.

Y es que si consideramos que en promedio un año tiene 26.07 quincenas, podemos empezar a ver nuestra vida con otros miserables ojos: los del trabajador promedio.

El trabajador promedio en México ha vivido 912.499 quincenas. Así de simple. 912.499 bucles que culminan en morderse ya no la cola [como el Ouroboro] sino las tripas, porque pobres.

Podemos seguir la cuenta y considerar que mi proposición de las quincenas es una bobada, que es mejor considerar el siguiente bucle más bien mensual [o sea dos quincenas], y esto podría ser válido pero sólo para el sector femenino que, aunque no quiera, tiene que acordarse cada +/- 28 días que la vida es un escupitajo tirado afuera de la farmacia.

Vaya entonces usted al siguiente escalafón, el anual —no se imagine otra cosa—, y huela cómo año con año las promesas se renuevan, los planes se reinician, el segundo piso de la casa se termina, las vacaciones a Veracruz se hacen realidad.

Años más, años menos, siempre regresamos a ese lugar donde se odió la vida, donde da güeva abrir los ojos y más aún caminar agripado bajo el sol para llegar a tiempo al trabajo y poder recibir la quincena; para gastarla o ahorrarla y, ahora sí, echar el segundo piso a la casa, ir de vacaciones al mar.

Yo me he percatado ya de mi final. Soy, afablemente, una vaca que va por su propia cuenta al matadero.

Sin embargo me emputa que, encima de la jodienda de ser un pusilánime escupitajo sobre la banqueta, llegue alguien a decirte que no lo eres, que eres lo máximo, que eres importantísimo, que tu existencia es muy valiosa. Porque no hay nada más cagante que un escupitajo que se siente vómito.

Peor aún, que con ese aire de no sólo ser vómito, encima se jacte de ser vómito de borracho de chupe caro, no de perro, no de desahuciado, no. Ser un vómito chingón. Se atreven a arrastrar en su miserable sentir a otros vómitos para agruparse en mórulas más grandes, en conglomerados superiores, sólo para hacer más complejo el penoso camino de respirar, de bombear sangre, de concentrarse en no morir sólo para llevarle la contra al vulgo que siempre te ha visto como un suicida disidente, como un humanito falto de coraje.

¡Qué vayan y chinguen a su madre y que se queden atrapados en ese bucle varias quincenas!

Las cosas son como son: Estamos jodidos y nos joden más y regresamos de nuevo a que nos jodan, trabajamos para joder, jodemos a otros con tal de que nos dejen joder libremente y si no, jodemos al culeado que se opone.

Si de esta debacle mundial una de las ámpulas se elevara sobre la otra, con férrea voluntad de querer reventar, liberando así ese olor trascendental que le indica a alguien «¡Aquí hay suciedad! Hay que limpiarla», las demás pústulas apuran la creación de una capa blandita, babosita que mantiene a la insurrecta en su recto lugar. Nadie tiene que hacer olas, no es momento de apestar. Hay que hacer antigüedad aquí en la acera, terminar convertidos en costra por los años o esperar al diluvio universal.

Agazapado al borde de la avenida, roído desde adentro por esta maldita enfermedad que me invade, con el mareo a sotavento y encuclillado para no besar fieramente el asfalto, veo cómo los mocos salen sin esmero de mi nariz, se impactan contra el quemante cemento pintado de amarillo, y un moco llama a otro y este último desata el vendaval y todo se condensa a 96.8° F sobre la ruina de una ciudad a la que una vez amé: Felizmente, he creado vida.

F.

¡Surge superhéroe xalapeño!

Héroe xalapeño
Capitán Drano

– Ha decidido convertirse en vigilante
– Pide a las autoridades que lo dejen actuar con libertad

Miércoles 2 de junio de 1999 – Carlos Manuel Cruz Meza (Entrevista exclusiva) – Tras múltiples intentos, este periódico finalmente pudo contactar al extraño superhéroe xalapeño que desde hace unos días se ha dedicado a combatir la delincuencia en diversas zonas de esta ciudad.

Entrevistado por “Diario de la Tarde”, se negó, por supuesto, a revelar su verdadero nombre (ya que teme represalias contra sus familiares) pero aclaró que sus motivos son nobles.

“Esta ciudad está dominada por la delincuencia y yo quiero hacer algo. Ojalá todos pusiéramos algo de nuestra parte para detener al crimen”. Para ello, se ha fabricado una armadura de hierro que -afirmó- resiste el fuego, los golpes e incluso las balas, y que incluye casco, pectoral, protecciones para las extremidades y ciertos aditamentos que lo ayudan en su lucha justiciera.

“Mis motivaciones son proteger a los ciudadanos de pandilleros, asaltantes, violadores, secuestradores, asesinos y narcos. No actúo en lugares específicos de la ciudad, sino que la recorro toda, ya sea en el día o en la noche. Protejo a los niños, a las mujeres, a los ancianos y discapacitados, y a los hombres que no pueden defenderse”.

A la pregunta de si tiene otro trabajo, afirmó: “Soy fontanero y también hago trabajos de albañilería para ayudar a mi familia. También soy herrero, por eso pude fabricarme este traje metálico”.

Comentó que ya ha frustrado varios delitos, sobre todo en la periferia de la ciudad. Algunos testigos lo describen como “muy rudo, pero valiente” y debido a las tonalidades verdes y grises de su traje, lo han bautizado como “El Capitán Drano”, nombre que a él no le desagrada.

“El nombre que el pueblo desee darme será el más adecuado, ya que estoy para servirles. Los ciudadanos decentes no tienen nada que temer de mí, solamente los delincuentes”.
Dice que les pide a los niños que no traten de imitarlo. “Ser superhéroe es muy, muy peligroso. Puedes perder la vida o resultar lastimado. No es algo que los niños deban intentar”.

Finalizó haciendo un llamado. “Aprovecho esta tribuna para solicitarle a las autoridades policíacas y en especial al señor gobernador Miguel Alemán, que me permitan realizar mi labor como vigilante en Xalapa. Que cuando me vean actuando los policías no me vayan a arrestar o a agredir, mejor que me ayuden. Soy un ciudadano mexicano, mayor de edad, responsable de mis actos, y no cometo ningún delito. Proteger a la ciudadanía no es contra la Ley”, concluyó.

POST SCRIPTUM: “El Capitán Drano” combatió su última pelea contra una pandilla en la colonia Rafael Lucio. Una noche, se enfrentó a siete delincuentes y los golpeó con un tubo de hierro que siempre cargaba. Días después, varios de estos malhechores lo cazaron hasta acorralarlo. Entre varios lo sometieron y utilizando cañerías metálicas y varillas, le dieron una brutal golpiza. Le reventaron los riñones y dañaron su columna vertebral. Aunque sobrevivió, las secuelas le impidieron continuar su cruzada como vigilante e inclusive no pudo seguir trabajando. Después de un tiempo en recuperación desapareció y nada volvió a saberse de él.

Caliptra

octoradix aserrina

Ciertamente el ensueño es otra vida, una que es culmen y verdad, incluso más verdad que esta sobre la que, doloridas sombras, nos desplazamos insinuando el coqueteo con la cornisa sin barandas.

El umbral del entendimiento en la ensoñación es acaso un olear de mares ya borrados, otros que incluso no existieron nunca y eso hace que la noche sea cierta, con toda la fiereza de lo que es inconcebible y a la vez inmarcesible.

¿Es esta verdad lo que penetra en la entraña del abismo y se asoma tímida al principio, como tierna luciérnaga en medio del pantano?

Una garrafa de alcohol vertimos sobre ella y esto es flama que llama con todas sus lenguas a los nombres que se han quedado grabados en las palmas de la mano.

Yo entierro mis manos en la tierra muerta, para llenar de espinas -que semillas- que abren poco a poco el aparato radicular de los recuerdos.

F.

Repositorio de idioteces

Lectura.2

Reseñas de Libros

Anael González

Web de arte, arqueología y marketing digital.

Bajo La Estrella: blog de Andrey Viarens

Curiosofando voy por este mundo de literatura

Alex M Fourzan

Blog literario

Pulseras Hombre – Envío GRATUITO en 24/48h

Pulseras de hombre y mujer. Fabricantes de pulseras desde 2005 : Seviatelle.com

Poesíainstante

Personal e íntimo